faro representando cómo vivir en un faro

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Quién no ha soñado alguna vez vivir en un faro? Unos días, unos meses o de forma permanente ¿por qué no? Estos centinelas de otro mundo que bordean nuestros océanos y que hablan con su singular código morse a base de destellos y fogonazos, nos inspiran y nos hacen soñar. Nos atrae su misterio. Nos encandilan esas leyendas que como la espuma de mar golpea sus muros. A su vez, nos fascina el entorno donde se erigen, a menudo en islas solitarias, aisladas de todo lo que nos es cotidiano y ordinario.

La idea suena tentadora. Casi al instante nos imaginamos a nosotros mismos en el interior de estas viejas criaturas ataviados con un café y un libro residiendo en la vigía, en esa base inferior exenta de lujos y comodidades. A nuestra mente ascienden de forma inevitable historias como la de la Isla del Fin del Mundo, de Julio Verne, La isla de las tormentas de Kent Follet o Los vigilantes del Faro, de Camilla Lackberg.

La literatura ha contribuido infinitamente a este hechizo, no hay duda. Sin embargo, la realidad es otra. Porque quienes habitaron o habitan en estas construcciones cautivadoras saben que vivir en un faro no es fácil, ni romántico ni aún menos cómodo. Las historias de los fareros es fascinante, pero también traicionera: como el propio océano, siempre rudo, imprevisible y hasta cruel.

imagen representando cómo vivir en un faro

Vivir en un faro es habitar en un entorno hostil y complicado (pero increíblemente evocador)

Hay algo indescriptible en un faro. Son lugares solitarios donde se alzan estos templos de luz , estos cíclopes que vigilan los mares. Así, y aunque muchos de ellos ya no están ocupados y sus sistemas estén ya automatizados, aún hay quien se resiste a la modernidad y elige este modo de vida.

Sea como sea, se necesita tener una voluntad fuerte para ser un fiel guardián del faro y ser además, un gran amante de la soledad y el incansable murmullo del océano. De esta vida se cuentan historias temibles. Una de ellas es el de St. George Reef Lighthouse, California, en Estados Unidos. Este, es uno de los faros más caros jamás construidos.  Tuvo un coste cercano a los 700,000 dólares de la época, algo casi desproporcional para la década de 1890. Tardó casi 11 años en construirse dadas las dificultades de la orografía.

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El faro se alzó de forma imperiosa sobre las costas rocosas de las montañas volcánicas que se ciernen sobre los mares del Pacífico. Allí el mar siempre es violento, nervioso y turbulento como un animal colérico. La pequeña isla donde se alzó el faro se llamaba Dragon Rocks, y el único modo de  subir o bajar de la isla era escalando o ascendiendo gracias a una torre de perforación de petróleo.

Hubo fareros que acabaron suicidándose por el aislamiento. Eran tan duras las condiciones que finalmente se decidió que fuera habitado en grupos de 5 personas. Ahora bien, la tragedia que aconteció en 1865 sigue siendo recordada. Era una noche de densa niebla y tormenta. Las olas alcanzaban golpeaban con violencia los muros del faro cuando sus inquilinos avistaron lo que parecía una embarcación. Era el  BrotherJonathan, el cual llevaba a bordo 200 personas más la tripulación. De nada sirvió la luz del faro. La niebla y la espuma de mar alzó un muro y la embarcación terminó embestida contra las rocas. No hubo supervivientes.

imagen representando cómo vivir en un faro

¿Qué debo saber si quiero vivir en un faro?

Sabemos que vivir en un faro puede ser evocador pero también duro. Queda claro que los tiempos son otros, que las inclemencias que pasaron nuestros fareros en los siglos pasados han cambiado, que ahora estas linternas del océano están, en su mayoría, automatizadas y que gracias a las nuevas tecnologías, internet y el móvil la sensación de aislamiento es menor.

No obstante, la soledad puede seguir calando en exceso en estos parajes, de ahí que sea necesario conocer algunos aspectos previos antes de decidir vivir en un faro.

1. Puedes alquilar, comprar o convertirte en un guardián voluntario/a de un faro

En la actualidad cabe la posibilidad de alquilar o incluso de comprar un faro. Hay pequeñas aldeas y pueblos costeros que conservan a estos singulares vigías marinos con el fin de que alguien quiera rehabilitarlos. Es una opción que cada vez parece atraer a más personas.

Asimismo, también cabe la posibilidad de dar toda una vuelta de tuerca a nuestras vidas e iniciar una nueva etapa laboral siendo el guardián de un faro.

2. Ser guía turístico

Los faros son monumentos históricos, y eso, significa algo evidente en caso de que elijamos vivir en un faro o trabajar en él: tendremos visitantes. Muchos faros incluyen una tienda de regalos, un museo y visitas guiadas en su itinerario.

Hay un faro, no importa dónde. Fue construido, no importa cuándo. Se encuentra en una costa salvaje y rocosa, y ha sido sacudido por muchas tormentas. Lleva una luz roja, girando a intervalos de treinta y cinco segundos. Esta luz ha alegrado a muchos corazones desesperados y ha dado esperanza a muchas almas perdidas en el horizonte del océano…

-Elizabeth Harcourt Mitchell, El faro-

En sí mismo esto puede ser algo incómodo para quien elija este modo de vida. La mayoría de quien sueña vivir en un faro es porque ama la soledad y el equilibrio de su entorno. Tener que recibir visitantes puede resultar algo molesto.

3. Las islas remotas y el problema de la electricidad

Un faro no emite luz mágicamente. Alguien tiene que encenderlo. Y alguien tiene que activar a su vez esa electricidad. Este es un problema habitual en esas construcciones situadas en ubicaciones remotas donde los generadores suelen ser la única fuente de alimentación disponible.

No hace falta decir también que no todos estos faros dispondrán de Wi-Fi.

imagen representando cómo vivir en un faro

4. Estar preparado/a para «sobrevivir»

Los faros suelen situarse en escenarios límite e intencionalmente remotos. Un ejemplo, al faro de la Isla de Michigan en Wisconsin solo se puede acceder en  kayak.  Está automatizado y hay electricidad, pero no hay agua potable y es un escenario tan desolador como inclemente.

Las labores de mantenimiento no siempres son fáciles, hay que lidiar con imprevistos y con un tiempo generalmente adverso. Ahora bien, lo que está claro es que quien elige vivir en un faro es porque ama este tipo de escenarios y lo que se desprende de tan maravillosos entornos.

Para concluir. A menudo suele decirse que un faro es algo más que una luz en la noche. Es algo más que un guardián o una construcción de piedra, metal y vidrio. Estos centinelas de los mares son el vestigio de un sinfín de historias. Habitar en su interior es contactar con su esencia, con su magentismo… Algo que solo las mentes y almas más especiales sabrán apreciar.

 

Autor

Valeria Sabater
Valeria Sabater
He creado este blog para ti. Pienso que todos podemos mejorar nuestra realidad invirtiendo en nosotros mismos: descubriéndonos, aprendiendo, iniciando revoluciones desde el corazón y la creatividad. Soy escritora, licenciada en Psicología por la Universidad de Valencia en el año 2004. Máster en Seguridad y Salud en el trabajo en 2005, Máster en Mental System Management: neurocreatividad, innovación y sexto sentido en el 2016 (Universidad de Valencia), certificado en Coaching de bienestar y salud y Técnico especialista en psiquiatría (UEMC). Número de colegiada CV14913. Estudiante de Antropología Social y Cultural por la UNED. Cuento con diversos premios literarios. Adoro los libros, los animales y el olor de la lluvia. Puedes leerme también en “La mente es maravillosa”.
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