mujer de rojo representando el cuento sobre la felicidad

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Todos soñaban con vivir en la ciudad de la felicidad, pero eran muy pocos los que lograban cruzarla. Una vez al año, y coincidiendo con el solsticio de verano, se realizaba un sorteo donde 50 personas obtenían un permiso de residencia en esa tierra privilegiada. Se decía que allí, solo se respiraba bienestar. Que los árboles susurraban sugerentes sonidos al ser mecidos por el viento de la tarde. En la ciudad de la felicidad el malestar no tenía cabida, y los pesares y tristezas se deshilachaban solos como el humo que desaparece por una ventana entreabierta.

En el último sorteo, la joven Mye tuve la suerte de ser elegida junto a 49 personas más. Empezaba una nueva vida, una donde la promesa de la felicidad eterna estaba reflejada y sellada en ese permiso de residencia que acababa de ganar. “Le garantizamos la felicidad de por vida”– decía el documento. Era tal el entusiasmo que embargaba a la muchacha, que olvidó leerse la letra pequeña de ese documento que acababa de firmar y que le da acceso a su nueva vida.

Ella siempre tan precavida, ella siempre tan avispada, acababa de cometer el primer descuido de su vida. Porque la felicidad en aquella preciada ciudad, tal y como decía el papel, tenía TALLA ÚNICA.

isla flotante representando el cuento sobre la felicidad

El país de la felicidad solo tenía una talla

Mye de dió cuenta de este pequeño detalle pocas horas después de cruzar el umbral de la ciudad. Justo cuando se le ofreció uno por uno, todo aquello con lo que siempre había soñado. Mye recibió los vestidos y zapatos más caros y elegantes. Pero eran una talla menor a la suya. Aún así, y a pesar de la evidente incomodidad, se calzó y se vistió.

A Mye, como al resto de nuevos recién llegados, se le ofreció una gran casa. Era tan espaciosa  que nada más entrar y escuchar el eco de sus propios pasos por el vestíbulo, experimentó el pinchazo del miedo y la soledad. Solo unos días después de haberse instalado, le presentaron al que sería su pareja. Era el hombre con que siempre había deseado: atractivo, atento, divertido, inteligente…

Sin embargo, al cabo de las semanas le pesaban en exceso sus atenciones, le incomodaba su dependencia, y le  molestaban sus halagos desmedidos y sobre todo, su obsesiva necesidad de control. Aquel amor tampoco parecía ajustarse a su talla. Aquella relación le quitaba el aire, las risas, las ganas…

El dolor de no encajar en las medidas del país de la felicidad

Mye se sentía como una pieza triangular intentando encajar en un puzzle de figuras circulares. No acababa de entenderlo. En la ciudad de la felicidad todo el mundo era feliz. ¿Por qué no podía serlo ella también? Debía esforzarse, no era lógico que sintiera esa indefinible angustia e incomodidad. No tenía ningún sentido que en aquel contexto diseñado solo para dar felicidad y bienestar, solo ella experimentara semejante opresión física y emocional.

Debía ajustarse sí o sí. Tenía que caber, entrar a la fuerza en la talla única establecida por la ciudad de la felicidad. Solo así aspiraría a ese bienestar que tanto había soñado durante toda su vida.

Tres meses después llegaron lo cambios. Perdió el suficiente peso como para que aquellos vestidos, le sentaran bien y le permitieran respirar. Se ajustó a su relación afectiva. Concedió formar parte de un vínculo dependiente y se esforzó en ver las muestras de celos y necesidades de control como el ejercicio de un amor basado en la pasión.

Por otro lado, y para aliviar la sensación de miedo y vacío en su gran mansión, tuvo la idea de llenarla cada día con los más variados invitados. Llenó el silencio de algarabía y así, la casa parecía menos grande, menos solitaria.

Lo que Mye no pudo cambiar fue la talla de sus pies. A la semana le salieron ampollas. Al mes las heridas bordeaban sus talones, sus dedos, su empeine… A los dos meses las infecciones le impidieron salir de casa durante un tiempo. A los 6 meses sus pies estaban deformados y andaba con gran dificultad.

Por mucho que lo deseara, no podía entrar en esa medida. Aquellos pies era con los que había nacido, y nada podía hacer por cambiarlos. Pero…. ¿debía hacerlo realmente? Porque más allá del dolor de esos zapatos en los que intentaba entrar a diario, quien más sufría y opresión experimentaba era su corazón. Él era quien no encajaba en la talla única establecida por la ciudad de la felicidad. Él quien estaba sangrando de verdad.

Huir del país de la felicidad para alcanzar la auténtica felicidad

Cuando llegó el solsticio de verano, Mye renunció a su permiso de residencia. Se negó a normalizar el sufrimiento, dijo no a seguir boicoteando su autoestima, su dignidad, sus pies…

Abandonó la ciudad de la felicidad junto a 29 personas más. Y mientras lo hacía, mientras dejaba atrás las puertas de esa tierra soñada donde los árboles emitían evocadores sonidos cuando la brisa los agitaba, vio cómo entraban los 50 ganadores de ese año.

Por un momento pensó en advertirles. En decirles que se echaran a atrás, que allí la felicidad solo tenía una talla. Quiso gritarles que echaran a correr, porque si algo aprieta, si algo quita al aire, molesta o vulnera… no es felicidad. Sin embargo, guardó silencio. Porque ese aprendizaje, ese despertar es algo que cada uno debe asumir a su tiempo y en su momento.

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Bibliografía para trabajar la felicidad

  • Seligman, Martin (2011) La auténtica felicidad. Zeta
  • Csikszentmihalyi, Mihaly (2011) Fluir (Flow): Una psicología de la felicidad. Kairós

 

Autor

Valeria Sabater
Valeria Sabater
He creado este blog para ti. Pienso que todos podemos mejorar nuestra realidad invirtiendo en nosotros mismos: descubriéndonos, aprendiendo, iniciando revoluciones desde el corazón y la creatividad. Soy escritora, licenciada en Psicología por la Universidad de Valencia en el año 2004. Máster en Seguridad y Salud en el trabajo en 2005, Máster en Mental System Management: neurocreatividad, innovación y sexto sentido en el 2016 (Universidad de Valencia), certificado en Coaching de bienestar y salud y Técnico especialista en psiquiatría (UEMC). Número de colegiada CV14913. Estudiante de Antropología Social y Cultural por la UNED. Cuento con diversos premios literarios. Adoro los libros, los animales y el olor de la lluvia. Puedes leerme también en “La mente es maravillosa”.
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