niña triste pensando en la depresión

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Un día de playa

Isla tenía 9 años cuando fue consciente de que en su familia, habitaba alguien más. Era un inquilino ceniciento del que nadie hablaba; una sombra oscura llamada depresión que emergió ante sus ojos sin titubeos aquella tarde de verano con todas sus fuerzas obligándola a despertar, a crecer de forma precipitada y sin anestesia.

Fue ese el día en que vio a su madre correr, o mejor dicho, escapar. Tras decirle a su padre que detuviese el coche “o se tiraba”, la vio adentrarse en una carrera desenfrenada por ese extraño mundo que se abre tras los límites de las calzadas en las autovías. Volvían tras pasar todo el día en la playa, y cuando aún no habían dejado atrás la costa y esa línea azul del horizonte, algo ocurrió; algo se rompió en el interior de aquel coche quebrando su interior.

Su madre cerró la puerta de aquel viejo Dacia Logan familiar con tanta violencia que a ella se le paró la respiración, como cuando alguien le golpeaba con un balón de fútbol en el patio del colegio. A su lado estaba su hermana Erika, con el cinturón puesto, sus gafas de miope sucias de arena y la boca abierta, mostrando esa lengua azul que le había dejado el caramelo que acababa de comerse.

  —¿Por qué se va mamá? ¿Qué pasa?

Logró decir mientras ambas la veían adentrarse por aquel escenario abrupto y silencioso de densos matojos, zarzales ensortijados y viejas encinas.

Corría con dificultad, como un extraño insecto con sus chanclas rojas de playa, su vestido corto estampado, su espalda quemada por el sol y su avanzadísimo octavo mes de embarazo, ese que sostenía con su mano derecha mientras con la otra, se agarraba de las ramas de los árboles a duras penas para avanzar más rápido.

No salgáis del coche

Segundos después su padre empezó a dejar ir toda una retahíla de palabras malsonantes. Fueron tantas y tan floridas que debió echar mano de la imaginación para encadenar semejantes términos, esos que aún ahora, ella seguía recordando. Mientras los pronunciaba, golpeaba el volante con las dos manos una y otra vez, momento en el que su hermana, un año mayor que Isla, empezó a llorar a viva voz.

Era tal la tensión y el miedo contenido en el interior de aquel coche que tenía la sensación de que apenas había oxígeno, y que de un momento a otro todos se iban a ahogar. Fue entonces cuando su padre se volvió hacia el asiento trasero para mirarlas. Su rostro, lejos de evidenciar rabia o preocupación, mostraba infinita ternura cuando se dirigió a ambas.

—Voy a por mamá. Prometedme que no saldréis del coche. No debéis hacerlo en ningún momento ¿Me habéis oído?  No tenéis que abrir las puertas del coche… ¿Vais a hacer caso a papá?

Las dos asintieron con el rostro sin atreverse a decir nada más. Su padre puso el seguro, cerró con llave y se adentró también por aquel campo intentando tomar el mismo camino que había seguido su madre.

Cuando lo vieron desaparecer, el llanto de su hermana se transformó en una especie de hipo extraño que se entremezclaba con el sonido del tráfico y de esos coches que pasaban a pocos metros de ellas a una velocidad tremenda moviendo el automóvil.

Pasaron algo más de diez minutos hasta que volvió con su madre, y durante ese tiempo, ninguna de la dos dijo nada. Ella y su hermana tuvieron la clara sensación de que había transcurrido al menos 3 horas. Pasaron mucho calor, y el poco aire que entraba aire por la única ventanilla medio bajada olía a asfalto quemado. Recordaba la sensación del cabello apelmazado sobre su frente, el sonido de su hermana sorbiéndose los mocos, y los incómodos escalofríos que le provocaba el bañador mojado bajo la ropa.

Sin embargo, lo que nunca pudo olvidar de aquel día era el rostro de su madre volviendo al coche mientras su padre, la cogía de los hombros. Ella no quería entrar, se lo veía en sus ojos. Era tal la angustia impresa en ellos que Isla tenía la sensación de escuchar sus gritos por dentro: “no me lleves ahí, no me obligues a volver a casa, a la rutina de mi vida, a la presión de todo lo que habita bajo el techo de mi casa. Déjame huir…”

Isla tenía la sensación de que aquella mujer que había vuelto junto a su padre no era su madre. O quizá, esa mujer ya llevaba tiempo instalada en casa sin que ella se hubiera dado cuenta, sin que hubiera percibido su angustia, su desolación… Metida en su mundo infantil y despreocupado había pasado por alto una realidad que solo intuía de puntillas.

Y lloró. Lloró llevada por una incontrolable sensación de miedo y de rabia. Su madre había intentado escapar de ellos, como si ya no los quisiera, como si les produjera asco o incluso pánico. Derramó infinitas lágrimas hasta llegar a casa, experimentando un cansancio inmenso, uno que no había sentido jamás. Pensó que tal vez, eso mismo era lo que ocurría cuando uno se hacía mayor: darse cuenta de algo que no podía asimilar, algo que le hacía ver su realidad de otra manera.

Mamá está enferma

Cuando llegaron a casa su madre se acostó en la habitación y cerró la puerta. Mientras, su padre les preparó un baño y un vaso de leche fresca con canela y limón. Sabía que era lo que más les gustaba a ambas en verano.

Mientras se lo bebían sentadas en la mesa ante él, Isla no pudo evitar derramar de nuevo las lágrimas, a diferencia de su hermana, que permanecía callada, impasible casi. Se avergonzó, sintió rabia y se enfadó consigo misma. ¿Por qué no podía parar de llorar?

Cuando intentó secarse aquellos lagrimones con las manos, su padre se lo impidió.

         — No te preocupes nena. Llora cuanto necesites, eso es bueno. Papá está aquí. ¿Queréis saber lo que ha entendido hace un rato, no es así?

        — Mamá no nos quiere. Quería irse. Eso es lo que pasa.  — Quien hablaba era Erika, su hermana mayor. Dijo aquellas palabras con tanta naturalidad que Isla se quedó casi sin aliento.

         —No Erika, te equivocas. Mamá os quiere. Lo que pasa es que desde hace unos cuatro meses en casa hay alguien más con nosotros. Alguien que ha llegado sin que lo invitáramos. Alguien que está haciendo daño a mamá.

      —¿¿Y Quién es??

     —Una depresión. ¿Sabéis de qué estoy hablando?

     —¿Se va a morir mamá?

     —No Erika, mamá no se va a morir. Mamá está enferma y entre todos  tenemos que conseguir que ese invitado se vaya.

niña triste pensando en la depresión

     —¿Y cómo podemos hacerlo?¿Es contagioso?

     —No Erika, no es contagioso. Lo haremos cuidando de ella, cuidándola mucho, mimándola cada día y a cada instante. Deberéis tener paciencia y no tener miedo de ella. Porque aunque esté ahí encerrada, ella os quiere. Porque aunque a veces no pueda miraros a los ojos y haya días en que desee huir, ella os quiere. ¿Lo habéis entendido?

Las dos niñas asintieron con el rostro. Isla ya no lloraba, pero de algún modo, lo seguía haciendo por dentro, en silencio. Acababa de hacerse mayor, justo en ese instante en que de pronto, había tomado conciencia de que era ella la que a partir de ahora tenía una responsabilidad con su madre.

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Autor

Valeria Sabater
Valeria Sabater
He creado este blog para ti. Pienso que todos podemos mejorar nuestra realidad invirtiendo en nosotros mismos: descubriéndonos, aprendiendo, iniciando revoluciones desde el corazón y la creatividad. Soy escritora, licenciada en Psicología por la Universidad de Valencia en el año 2004. Máster en Seguridad y Salud en el trabajo en 2005, Máster en Mental System Management: neurocreatividad, innovación y sexto sentido en el 2016 (Universidad de Valencia), certificado en Coaching de bienestar y salud y Técnico especialista en psiquiatría (UEMC). Número de colegiada CV14913. Estudiante de Antropología Social y Cultural por la UNED. Cuento con diversos premios literarios. Adoro los libros, los animales y el olor de la lluvia. Puedes leerme también en “La mente es maravillosa”.
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