Edward Hopper

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Edward Hopper es uno de esos pintores cuyas obras, nunca pasan desapercibidas. Inquietan, son magnéticos y nos abren a menudo las puertas a un enigma casi indescifrable. Muchos lo recuerdan por su cuadro House by the Railroad. De hecho, Alfred Hitchcock quedó tan fascinado por él que se inspiró en esa pintura para crear la espeluznante mansión que dominaba desde las alturas el Bates Motel en la película Psicosis.

Su arte representó ese estilo modernista donde el retrato urbano americano, venía a simbolizar la propia soledad que vivía la sociedad de esa época de mediados del siglo XX. Su trabajo, se puede comparar también con el cine negro de los años treinta y cuarenta, con los textos noir y aquellos detectives solitarios de los libros de Raymond Chandler.

House by the Railroad
House by the Railroad

La melancolía queda impregnada con magistral sutileza en esos comedores, en las farmacias, en las habitaciones de hotel, gasolineras y cines…  Espacios que en realidad, simbolizaban la anatomía anímica y sentimental del propio artista. Ahí donde sus anhelos, deseos y angustias parecían quedar siempre impresos en una serie de figuras femeninas que habitan silenciosamente en todos sus cuadros…

El misterio de las mujeres en los cuadros de Edward Hopper

Mujeres sobre la cama mirando a una ventana. Mujeres en habitaciones de hotel, en vestíbulos, en restaurantes nocturnos, en vagones de tren… Esas miradas femeninas parecen aguardar algo que nunca llega. Personas que no acuden, sueños que no se cumplen, citas que no se presentan, la vida que que no discurre.

Hay un primer aspecto que debemos saber. Todas y cada una de esas figuras que aparecen en los cuadros de Hopper, en realidad, son una misma persona: Josephine Nivison Hopper, su propia esposa.

Jo Nivison, la mujer que abandonó su estilo de vida por Edward Hopper

Cuando se casó con Edward Hopper, Josephine Nivison tenía 41 años y había estado pintando con éxito durante casi dos décadas. Era una mujer de éxito, independiente, conocida y admirada por una obra que se había expuesto junto a otros referentes como Modigliani y Picasso.

Edward Hopper
Morning Sun

Vendía cuadros y múltiples dibujos al New York Tribune, al Evening Post y al Chicago Herald Examiner. Su arte era admirado y su firma preciada por los medios de la época. Ahora bien, en 1923 su vida cambió cuando lo conoció a él, a Edward Hopper. Fue una atracción irremediable, intensa y casi cegadora. Un año después de aquel encuentro ya estaban casados y Jo descuidaba su propio trabajo. Su mente orbitaba únicamente alrededor de la figura de su esposo.

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Le buscó agentes y consiguió que se expusiera su obra en una galería reconocida. Aquello le permitió a Edward Hooper abrirse paso entre los críticos artísticos y conseguir una agencia que lo representaría de por vida. Mientras él alcanzaba él éxito, Jo Nivison le cedía el renombre y languidecía del mundo artístico.

Edward Hopper, Sunlight in a Cafeteria, 1958

Amor y violencia: el mundo contenido en una habitación

La pareja vivía y trabajan en un estudio  del último piso con vista a Washington Square, en Nueva York. No tenían lujos, pasaban los meses con lo mínimo. Sin embargo, parecían tenerlo todo: a ellos mismos y una habitación excepcionalmente luminosa.

Aunque viajaban de vez en cuando a Massachusetts, México o Maine,  los Hopper pasaban la mayor parte del tiempo encerrados en ese pequeño espacio. Él la pintaba a ella, le servía como grácil modelo, como inspiración y también como maestra en algunos aspectos.

Pasaban 24 horas al día juntos, siete días a la semana compartiendo un mismo espacio durante años. Gail Levin, célebre historiadora del arte y autora de 10 libros sobre la obra de Hopper, nos explica en su Edward Hopper: An Intimate Biography que esa situación, a instantes, se volvía dramática y violenta.

Jo Nivinson llevaba un diario donde describía su día a día, hablando de esos segundos donde podían pasar de la pasión a la agresión, del afecto a las heridas, del amor al dolor más sangrante… Explicaba incluso cómo Hopper le dejó varios moretones en el rostro después de golpearla contra un estante.

La mujer que habitaba en los cuadros y se difuminaba en la vida real

Esa convivencia hermética y violenta acabó fusionándose en las obras de Hopper. En su paleta extendía el tedio, pero también el afecto. En su pincel combinaba la esperanza y también la violencia. Rojos, verdes, tonos grises y marrones apagados… Juntos habían erigido un vínculo codependiente y tremendamente dañino, al que ninguno de los dos quería renunciar.

Edward Hopper escalaba en el éxito poco a poco. Mientras, Josephine Nivinson se inhibía artísticamente. Perdió todo su reconocimiento y  se convirtió poco a poco, en esa figura omnisciente en todos los cuadros de su marido, y en esa mujer que se había desvanecido por completo entre la sociedad artística donde no hacía mucho, tenía un nombre propio.

Así, y en ausencia de una recompensa personal, Jo eligió tener el control sobre el trabajo de Edward Hopper y organizar las exposiciones con los galeristas. Así, desde 1924 hasta su muerte la muerte de Hopper en 1967, esas mujeres cifradas,  de formas redondas y porte serio, nunca dejaron de aparecer en cada lienzo.

Esas figuras femeninas no envejecieron, aunque su modelo sí lo hizo. Jamás perdieron su belleza, aunque Josephine era consciente del severo paso del tiempo y del esmero de su esposo por disimular cada arruga, cada imperfección, cada flacidez.

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Edward Hopper
Automat, 1927

Joe Nivison, la mujer atrapada en 70 cuadros

Fue la mujer vestida de negro que leía en un tren. Fue una acomodadora en un cine, un ‘nighthawk’ pelirroja en 1942, una rubia en una cama, una joven secretaria en una oficina en 1962… Edward Hopper la transformaba a su antojo, fue su fetiche pictórico y su musa.

Hopper fue invisibilizando a su esposa para transportarla a su universo pictórico. Jamás apoyó el trabajo de Joe Nivison. La dejó atrapada en las paredes de una habitación y en todos sus cuadros. Es más, hace solo unos años se encontró en la casa en la que ambos vivieron sus últimos años, cerca de 200 obras de ella, pinturas y dibujos secretamente ocultos en un sótano.

Joe siguió pintando y cada uno de sus lienzos y dibujos acabaron ocultos en la oscuridad de un sótano. Mientras, su figura y quizá hasta su alma, alcanzarían la muda inmortalidad en esos cuadros enigmáticos de Hopper que no dejan indiferente a nadie. Porque tras ellos, tras esa hermosa pátina se halla una historia triste, silenciada, misteriosa…

Bibliografía

  • Levin, Gail (2007) Edward Hopper: An Intimate Biography. Rizzoli
  • Nochlin, L. (1981). Edward Hopper y las imágenes de la alienación. Art Journal , 41 (2), 136-141. https://doi.org/10.1080/00043249.1981.10792460

Autor

Valeria Sabater
Valeria Sabater
He creado este blog para ti. Pienso que todos podemos mejorar nuestra realidad invirtiendo en nosotros mismos: descubriéndonos, aprendiendo, iniciando revoluciones desde el corazón y la creatividad. Soy escritora, licenciada en Psicología por la Universidad de Valencia en el año 2004. Máster en Seguridad y Salud en el trabajo en 2005, Máster en Mental System Management: neurocreatividad, innovación y sexto sentido en el 2016 (Universidad de Valencia), certificado en Coaching de bienestar y salud y Técnico especialista en psiquiatría (UEMC). Número de colegiada CV14913. Estudiante de Antropología Social y Cultural por la UNED. Cuento con diversos premios literarios. Adoro los libros, los animales y el olor de la lluvia. Puedes leerme también en “La mente es maravillosa”.
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