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Cuentan, que en el territorio de los Tuekalas habitaba el niño más impaciente del mundo: Tasunke Tówhtqit. Había aprendido a montar con solo cuatro años, a los 7 ya domaba caballos salvajes y a los 8 tenía pensado convertirse en el guerrero más osado de su tribu.

Huérfano de padre y madre, Tasunke vivía al cargo de su abuela, la anciana Wallowa. Intuitiva y sabia como pocas mujeres y trabajadora como la que más, en ocasiones se lamentaba de tener un nieto tan precoz, obstinado y sobre todo discutidor.

Sin embargo, también era consciente de que toda piedra preciosa está llena de vetas e imperfecciones al principio. Bastaba solo de un buen pulimento y una mano hacendosa para hacer de una piedra especial una auténtica joya. Y eso era lo que se había propuesto con el pequeño Tasunke. Hacer de aquella impulsiva criatura un hombre de bien.

Aunque la labor no iba a ser fácil. Tanto, que lo sucedido en aquel verano se contaría durante generaciones y generaciones entre la nación de los Tuekalas.

pequeño indio nativo para representar el niño impaciente

El niño impaciente y un día de pesca

Todo empezó una mañana en que el joven Tasunke decidió ir de pesca. Sin decir nada a nadie cogió su kayak, su caña y por supuesto, ese altivo orgullo que le doblaba en peso y en años y que siempre llevaba bien pegado a la espalda.

Al llegar al lago Magena el niño se adentró remando con la misma presteza que un adulto. Eligió bien su posición y después, procedió a preparar el anzuelo. Sin embargo, el viento le hacía aquella tarea muy dificultosa. El kayak se movía en exceso y el lago empezaba a rizarse en la superficie de tal modo que poco poco, adquirió el mismo oleaje que un océano.

El viento, al cabo de diez minutos se volvió huracanado y el pequeño Tasunke no tuvo otra opción más que desistir de su mañana de pesca. Volvió a la orilla enfurruñado y maldiciendo, con la cólera impresa en su frente fruncida y en esos andares de quien cree saberlo todo de la vida y avanza por ella con sobrado aplomo a pesar de su escasa estatura.

Llamó a su abuela. Lo hizo entre gritos, incapaz de controlar su enfado. La anciana Wallowa no respondió, se quedó en el interior del tipi preparando el pan del día, amasando, avivando el fuego y, aguardando a que aquel niño impaciente y orgulloso, bajara los humos y se dirigiera a ella como debía. Pasaron unos diez minutos hasta que su nieto entró hasta el tipi arrastrando los pies.

— Abuela ¿quién controla el viento?
Pues el dios del viento ¿quién va a ser?
— ¿Y cómo se le invoca?

Wallowa volvió el rostro hasta el niño con una mezcla de afecto, ternura y admirada sorpresa.

— ¡Pero qué cosas tienes en la cabeza ¿Y para qué quieres tú invocar a un dios, pequeño osado? Además, el dios del que hablamos no necesita ser invocado. Miwok-Dasan vive en la montaña Héshuktu. Justo ahí, en el pico más alto de nuestra llanura.

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En busca del Dios del Viento

Aún no había terminado de hablar cuando Tasunke Tówhtqit, montado ya en su caballo pinto, se dirigió hacia el norte dispuesto a encontrarse con ese supuesto dios que había interrumpido su día de pesca.

Ya era mediodía cuando alcanzó la montaña Hérshutku. Tras media hora de viaje dejó a su animal a la sombra para después, escalar tramo a tramo aquel escenario abrupto, seco de maleza, desierto vegetación. El viento seguía siendo intenso y molesto, lo cual dificultó un poco su ascenso.

Cuando llegó al pico más alto, el joven Tasunke no podía creer lo que estaba viendo. Apenas le quedaba saliva en la boca cuando descubrió aquella maravilla. El dios Miwok-Dasan estaba justo ahí, y era un águila inmensa. Un animal extraordinario casi tan grande como su caballo pinto, de plumaje rojizo, cresta blanca, zarpas poderosas, mirada ígnea, presencia poderosa…

aguila para representar el niño impaciente

Batía las alas sin parar, abriéndolas con majestuosidad y permitiendo que el sol arrancara de su plumaje destellos cobrizos, luces casi cegadoras que orlaban aquella presencia de un aire prodigioso, sobrenatural. Así, y en cada movimiento de sus alas, el viento partía de su cuerpo para ser embestido con una fuerza inmensa en la dirección que ella deseaba. Agitando la naturaleza, inyectándola de vida y movimiento.

Mientras, Tasunke, el niño impaciente, agazapado tras una roca, la observaba en silencio ideando un plan. Uno que no tardó ni dos segundos en ejecutar. Echó una manta sobre la cabeza del águila para cubrirle la visión. Después, se abalanzó sobre sus patas y las ató con una cuerda dejando al dios Miwok-Dasan derribado y completamente indefenso. Se quedaría así durante lo que quedaba del día, al anochecer volvería para liberarla.

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El niño impaciente aprende la lección

Tras triunfar en su misión, el niño de la tribu de los Tuekalas volvió con su caballo pinto hasta el lago para cumplir su deseo frustrado: pescar. Subió al kayak, remó hasta esa zona idónea según él y después, preparó nuevamente el anzuelo. Sin embargo, justo cuando alzó la vista para lanzar su caña al agua, se dio cuenta de algo espantoso.

El lago estaba cubierto de peces flotando en la superficie. Del agua salía humo, y el cielo, de un azul reluciente hasta hacía solo unos minutos, había adquirido de pronto un tono anaranjado, ambarino casi. Mirar el sol era como atisbar a un insecto atrapado en la resina que quedaba incrustrada en los árboles.

El corazón se le aceleró. Volvió a la orilla con cuidado evitando no tocar el agua, montó en su caballo y después, se dirigió al poblado Tuekala sintiendo como minuto a minuto, la temperatura era más sofocante.

No oía a los pájaros, los grillos y las cigarras buscaban las ramas de los árboles donde esconderse y los escorpiones corrían bajo las piedras para guarecerse de aquel calor angustiante y extraño, afinado a su vez por un silencio casi aterrador.

Cuando llegó al poblado, la anciana Wallowa lo aguardaba con los brazos en jarras. No sabía cómo lo hacía, pero cuando su abuela se enfadaba con él parecía de pronto tan alta e imponente como el más aguerrido de los hombres de su tribu.

   — ¿Qué has hecho niño incauto?
— Quería pescar, solo eso.
— Ya. Querías pescar y viento te lo impedía. Así que has ido a castigar al mismísimo Miwok-Dasan ¿No es así?
No lo he castigado. Solo… solo lo he atado. Tenía pensado soltarlo al atardecer.

— Desde luego, al atardecer. Cuando ya hubieras pescado. Cuando ya hubieras satisfecho tus deseos y tu impaciencia. Pero ya has visto que tus actos han tenido consecuencias. Unas consecuencias temibles Tasunke Tówhtqit. Porque nadie puede usar el tiempo ni la naturaleza a su antojo, porque en esta vida todo tiene su momento y quien peca de impaciencia no solo se equivoca, sino que a veces arrastra a los demás con su imprudencia.

—¿Qué va a pasar ahora?
Tú has causado esto y tú repararás el daño realizado. Sé consecuente. Demuéstrame que eres un auténtico Tuekala.

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La liberación del dios del viento

El niño impaciente obedeció. Montó en su caballo pinto para dirigirse hasta la cumbre donde el dios del viento yacía aún atado por unas cuerdas y cubierto por una manta. Lo liberó. Al hacerlo, el pequeño Tasunke Tówhtqit esperó la muerte. Imaginó un picotazo terrible por parte de aquella águila gigante.

De hecho, estuvo durante diez largos minutos de pie junto al animal aguardando una reacción, esperando su merecido castigo. Sin embargo, aquel dios encarnado en un fantástico animal no hizo nada contra él. Se limitó, simplemente a batir las alas con fuerza y presteza para inyectar a la naturaleza su aliento, para devolver la brisa, la frescura y el equilibrio al mundo.

Tasunke se limitó a observar. Se quedó allí una noche, después un día entero y más tarde pasaron las semanas, los meses y cinco años enteros. El niño se convirtió en adolescente observando los ciclos de la naturaleza y la magia del viento.

Vio como traía las lluvias, cómo apartaba las nubes para dar paso al sol. Fue testigo del paso de las estaciones, del crecimiento de los árboles, entendió el misterio del tiempo y hasta el discurrir del firmamento.

Y así, casi sin darse cuenta, el dios del viento terminó limando su orgullo y su impaciencia para hacer de él lo que siempre había querido su abuela: un hombre de bien.

Autor

Valeria Sabater
Valeria Sabater
He creado este blog para ti. Pienso que todos podemos mejorar nuestra realidad invirtiendo en nosotros mismos: descubriéndonos, aprendiendo, iniciando revoluciones desde el corazón y la creatividad. Soy escritora, licenciada en Psicología por la Universidad de Valencia en el año 2004. Máster en Seguridad y Salud en el trabajo en 2005, Máster en Mental System Management: neurocreatividad, innovación y sexto sentido en el 2016 (Universidad de Valencia), certificado en Coaching de bienestar y salud y Técnico especialista en psiquiatría (UEMC). Número de colegiada CV14913. Estudiante de Antropología Social y Cultural por la UNED. Cuento con diversos premios literarios. Adoro los libros, los animales y el olor de la lluvia. Puedes leerme también en “La mente es maravillosa”.
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